“Recuerdo aquellos momentos tristes como de una gran creatividad”. El cantante de Los Secretos decía que las canciones le salían tristes porque era la emoción que le llevaba a la introspección y a conocerse a sí mismo. De hecho, lo completaba diciendo que cuando estaba alegre se iba de marcha.

En unos momentos será creatividad, en otros descubrimiento,… Parece que la tristeza vivida conscientemente también es beneficiosa.

¿Alguien ha escuchado alguna vez “recuerdo aquellos momentos de culpabilidad como de una gran creatividad”? Yo recuerdo muchos de esos momentos, pero nada positivo veo que surja de ellos.

La culpabilidad es la responsabilidad sumada a la creencia de que “los resultados tienen que coincidir con las previsiones”. Cuando esos resultados no se alcanzan, la mente se pregunta “¿Por qué?”.  La respuesta de la mente es repartir la culpa (juzgar), y sea que la vuelque sobre uno mismo o sobre otros, ya hemos sembrado nuestra propia infelicidad.

Es cierto que nuestras acciones provocan resultados, pero preverlos es otro cantar. Hay otras causas que afectan a los resultados y que no están bajo nuestro control. Por otro lado, esas acciones tienen consecuencias imprevisibles.

Si quitamos importancia al resultado, no permitimos que se forme el sentimiento de culpa. 

Lo que queda es la responsabilidad.  Vivir es responsabilidad. Si lo hacemos conociendo y siendo fieles a nuestros valores, sentiremos nuestro compromiso con la vida por encima de los resultados, y éstos vendrán de ese compromiso.

“No juzguéis y no seréis juzgados” dijo Jesucristo. Si me permito juzgar, inicio un reparto de la culpa que me ancla al pasado, y no me permite ser fiel a mi compromiso con la vida, aquí y ahora.