Hoy se cumplen cuarenta años, nada menos, desde que Armstrong y Aldrin se posaran sobre la luna. Y, después de mirar al cielo, no puedo resistirme a escribir unas líneas sobre ese acontecimiento que tantas páginas ha ocupado a lo largo de estas cuatro décadas…

Si te has detenido a reflexionar sobre lo ingente que fue la tarea que llevó al primer hombre -y al segundo- a la luna, te habrás percatado de lo difícil que resultó movilizar a tantas personas para la consecución de un objetivo tan “elevado”. Fue, indudablemente, un esfuerzo titánico, una osadía que rayó en la temeridad, un viaje de ida y vuelta que pudo haber sido sólo de ida o incluso no haber sido…

Y todo esto fue posible -y aquí radica lo verdaderamente importante- porque, detrás de todo ello, hubo un equipo compuesto no por cientos, sino por miles de personas. Y cada una hizo lo que de ella se esperaba: en un hangar gigantesco o en un pequeño despacho, soldando un cable, diseñando un complejo mecanismo o barriendo el suelo… Cada una de esas personas hizo lo que debía y contribuyó, de ese modo, al éxito de aquella misión.

Así son, o así deben ser, los equipos: cada persona desempeña un papel, cada miembro ostenta una responsabilidad. Y es precisamente el compromiso con ese papel, la asunción de esa responsabilidad, la que nos permite alcanzar nuestras metas, por lejanas o difíciles que parezcan. ¡Nada hay imposible cuando todos nos comprometemos en hacer todo lo posible!

Al final, cuando el equipo triunfa, es frecuente que no todos reciban la gloria, los parabienes y un aplauso entusiasta. Eso mismo ocurrió en el caso de la misión Apolo XI: tres fueron los nombres que pasaron a la Historia que hoy rememoramos a cuarenta años vista.

Poco podemos decir de Neil Armstrong. A él le cupo el privilegio de ser el primer hombre que pisó la superficie lunar. Quizá por ello, consciente de lo poco que somos en la inmensidad del Universo, siempre se ha caracterizado por sus escasas apariciones públicas y por lo comedido de sus intervenciones. Dos entrevistas en cuarenta años y el afán por rehuir cualquier protagonismo son buena prueba de ello.

Junto a él, en el Apolo XI, viajaba Aldrin. Él fue el segundo y, con ello, uno más de los que fueron y serán “después de Armstrong”. Y, sin embargo, su mérito no fue menor porque corrió el mismo riesgo que su compañero y contribuyó de igual manera al buen fin de aquella empresa.

Y junto a Armstrong y a Aldrin estaba, no lo olvidemos -al menos no hoy-, Michael Collins. Un ejemplo de abnegación, tan sólo comparable al de esos alpinistas que, a escasos metros de la cumbre, tienen que emprender el descenso porque las circunstancias así lo exigen. Eso fue, precisamente, lo que le ocurrió a Collins: estando tan cerca de la luna -infinitamente más cerca de lo que cualquiera de nosotros estará nunca-no llegó a hollar su superficie porque su deber era otro. Él fue el que, por permanecer junto al panel de control, no salió en la foto…

Cuando se nos haga difícil trabajar en equipo, elevemos la vista al cielo, sabedores de la hazaña que allí tuvo lugar. Y no me refiero, no, al hecho de que dos hombres pisasen la superficie de nuestro satélite, sino al hecho de que tres hombres -sí, tres- cumpliesen abnegadamente con el deber que, como integrantes de un equipo, les había sido señalado.