Una de las presuposiciones de la Programación Neurolingüística (en adelante, PNL) sostiene que “el significado de tu comunicación es la respuesta que obtienes”. En otras palabras: que no importa tanto lo que quieras decir, cuanto lo que los demás interpreten.

Lo entenderemos mejor si nos referimos a una experiencia que todos hemos vivido en un momento u otro de nuestras vidas. Y, muy probablemente, me juego algo, en más de una ocasión y no hace tanto tiempo… ¿Alguna vez has dicho alguna cosa –lo que sea- para descubrir después que has sido “malinterpretado”? ¿No has tenido que deshacer algún pequeño “lío” porque donde dijiste una cosa otra persona entendió otra? En efecto, a todos nos ha ocurrido y nos ocurre diariamente eso. Pero… ¿por qué?

Básicamente porque, como tal y como sostiene la PNL, el significado de nuestro mensaje no es la respuesta que nosotros queremos obtener, sino la que realmente obtenemos y eso, evidentemente, implica a otra persona, a nuestro interlocutor, tal y como éste es. Así, un “ánimo, muchacho” puede ser interpretado como una burla o como un agravio por alguien que está desanimado, aunque nuestra intención no sea, ni de lejos, ésa. Y un “no” dicho con poca rotundidad puede ser entendido como un “quizá” o un “claro que sí, pero en otro momento”. Y la responsabilidad, en esos casos como en todos, es sólo nuestra…

“¿Sólo nuestra?”, se preguntarán algunos. Sí, sólo nuestra o, por no generalizar, mayoritariamente nuestra. Porque uno de los cometidos de un buen comunicador es “descifrar” al receptor de su mensaje y “encontrar” la mejor manera de llegar a él. Eso implica, entre otras muchas tareas y habilidades, la de averiguar cuáles son sus circunstancias, su modo de ser, sus filtros comunicativos… Lo llamemos como lo llamemos, eso implica intuir de antemano cómo es probable que se procesen nuestras palabras –y, ya de paso, todo sea dicho, nuestro lenguaje no verbal-.

Antes de terminar, quiero proponer otro ejemplo para ilustrar el significado de la máxima que hoy nos ocupa. Imaginemos que alguien quiere enseñar a un grupo de niños ciegos. Puede entregarles unos manuales fabulosos, que rebosen sabiduría y den buena muestra de su capacidad. Por supuesto que sí. Y los niños podrán ayudarse de los textos, disfrutar con el aprendizaje y adquirir nuevos conocimientos. Nadie lo duda…

Pero, ¿y si el manual está impreso negro sobre blanco? ¿Qué ocurre si el docente olvida editarlos en sistema Braille? En ese caso, a nadie extrañará que el resultado de su esfuerzo comunicativo no sea el que el maestro desea. Él quiere que los niños aprendan, pero los niños no podrán aprender. Lejos de eso, es probable que se sientan abrumados e incluso frustrados, que se aburran o que se rindan ante la dificultad de no tener un texto que puedan leer.

Pues eso nos ocurre todos los días. Comunicamos a cada instante: con nuestras palabras y con nuestros silencios, con nuestros gestos e incluso con nuestra inactividad. No podemos dejar de comunicar y, por ese mismo motivo, no nos puede ser ajeno el resultado, la respuesta, que obtengamos de ese proceso.

Así que, a manera de ejercicio, prestemos más atención a la manera en que reaccionan ante nuestras palabras nuestros amigos, compañeros, clientes… ¿Es la manera en que nosotros queremos que reaccionen? ¿Podemos afirmar que “nos han comprendido”? Entonces, vamos por el buen camino. Si, por el contrario, su reacción dista de ser la que esperábamos y sentimos que “no nos han comprendido”, tendremos que buscar otra manera, más eficaz, de hacerles llegar nuestro mensaje. Sin culpar al “otro” , sin hablar de “fracasos” y, obviamente, sin evitar nuestra responsabilidad. Porque, recordémoslo una vez más, “el significado de nuestra comunicación es la respuesta que obtenemos”.