Hoy  es el día que camino hacia el Oeste. De entre toda la maraña de la rutina, saco mi caja del tiempo y me regalo un paseo al atardecer para acompañar al sol en su viaje más corto. Es lo menos que le debo al mundo. En este paseo me siento pagana como el paisaje. Es  más, celebro mi Paganismo a través de él, porque toda creencia humana necesita de un ritual y  yo creo en la divinidad de este Solsticio y de los que están por venir. Soy consciente de que con cada paso late en mí un corazón primitivo, que a duras penas lograré retener la respiración de la naturaleza hasta que llegue la primavera, y la tierra y yo misma estallemos en fuegos.

Mientras camino pienso en los romanos, por ejemplo, que Solsticio tras Solsticio, le daban la vuelta a su mundo en orgiástica algarabía. Así como las tinieblas atraen a la luz y la luz se recoge en tinieblas, durante una semana los esclavos se volvían amos y los amos, esclavos, haciendo gala de una sabiduría práctica que hoy hemos perdido. Porque si algo se ha olvidado en nuestros “solsticios” es precisamente eso: la orgía entendida como el despojamiento de lo impuesto,  la catarsis que produce  una ruptura momentánea con todo lo establecido, la otredad necesaria para poder comprender y soportar la tierna e irremediable fragilidad de lo humano.Puesto que soy pagana, es decir, etimológicamente campesina, aldeana, todavía creo en los milagros, en el asombro de lo inexplicable, cultivo de todos los cuentos. Por todo ello,  no dejo de repetirme que es una suerte de milagro anual que, a pesar de tanta realidad acelerada, de tanto progreso, todo movimiento me lleve siempre al mismo punto y como todos los años pueda escribir ensalzando mi Paganismo mientras camino hacia el mismo Oeste y me despido del mismo Sol.
Desde las ramas desnudas de este otoño que acaba, un remolino de besos.